Ana Lucia Rivero
Miembro Activo de la instituciónBolivia atraviesa una de sus crisis políticas más tensas de los últimos años. Los bloqueos llevan semanas afectando el transporte, el abastecimiento de alimentos, la distribución de combustible y el acceso a medicamentos. Miles de personas se ven perjudicadas diariamente mientras la presión sobre el gobierno aumenta.
En medio de esta situación, el debate ya no gira solamente en torno a los bloqueos. La verdadera pregunta es qué debería hacer el Estado cuando una protesta logra paralizar gran parte del país.
Una de las opciones es declarar un estado de excepción. Este es un mecanismo que permite al gobierno asumir facultades extraordinarias durante una crisis grave. Puede implicar restricciones temporales a ciertos derechos, mayor presencia policial o militar y medidas especiales para recuperar el control del territorio.
Sus defensores argumentan que el Estado tiene la obligación de garantizar la circulación de personas, alimentos y medicamentos. Desde esta perspectiva, permitir que el país permanezca bloqueado durante semanas significa renunciar a una de las funciones más básicas del gobierno: proteger a la población.
Sin embargo, esta decisión también tiene costos. La intervención de las fuerzas de seguridad para levantar bloqueos puede provocar enfrentamientos, heridos e incluso muertes. Además, si el gobierno no logra resolver la crisis después de utilizar medidas extraordinarias, podría terminar más debilitado políticamente que antes. La pregunta es inevitable: si el Estado usa toda su fuerza y aun así no consigue estabilizar el país, ¿qué le queda después?
La segunda opción es negociar con los sectores movilizados y aceptar parte de sus demandas para poner fin a las protestas.
A corto plazo, esta salida podría reducir la tensión y evitar enfrentamientos violentos. Pero también genera otra preocupación, si un grupo obtiene concesiones importantes después de paralizar el país, otros sectores podrían llegar a la conclusión de que bloquear es la forma más efectiva de conseguir beneficios políticos.
Aquí aparece una idea planteada por Carl Schmitt “El momento decisivo para cualquier gobierno no es cuando todo funciona con normalidad, sino cuando debe actuar frente a una emergencia” En situaciones excepcionales, cada decisión tiene consecuencias y ninguna está libre de riesgos.
Ese es precisamente el dilema que enfrenta Bolivia hoy. Declarar un estado de excepción puede restaurar el orden, pero también aumentar el conflicto y generar víctimas. Negociar puede traer paz temporal, pero también puede fortalecer la lógica de la presión y el bloqueo como herramienta política.
Si declarar un estado de excepción puede provocar enfrentamientos y muertes, ¿debería el gobierno hacerlo de todos modos para restablecer el orden?
Si el gobierno cede a las demandas de los grupos movilizados para evitar la violencia, ¿está resolviendo el problema o incentivando que otros sectores hagan lo mismo en el futuro?
¿Cuál de las dos opciones representa un riesgo mayor para la democracia, el uso de poderes extraordinarios por parte del Estado o la capacidad de grupos organizados para paralizar el país hasta conseguir concesiones?