Gabriel Monasterios
Alumni de la instituciónEl miércoles pasado hubo una presentación de un libro en nuestra ciudad que ha causado una fuerte polémica. Sobre una base narrativa que, disfrazándose de ambientalista, disparó un nuevo foco de polarización en el ámbito académico e intelectual cruceño y nacional, se publicó un libro titulado Santa Cruz S.A. (Sociedad Anónima).
Este libro, cuyos autores están fuertemente ligados a la izquierda y a las ONG que lucran con la pobreza y no ofrecen soluciones ni alternativas a los problemas que plantean, más que generar un debate en torno a la “problemática” del agro, ha ocasionado que la polarización entre cambas y collas vuelva a dispararse. Esto se debe a que los autores del panfleto antes mencionado tratan de reducir la identidad cruceña a algo que fue construido exclusivamente por sus élites, ignorando así las décadas e incluso siglos de mestizaje, con su distintiva mezcla de sangre, origen y clases sociales, que dieron origen a la rica identidad de nuestro departamento. Una identidad que es motivo de orgullo y que, incluso, gente de afuera toma como propia.
Estos ataques tienen que servirnos de lección para generar una narrativa que demuestre por qué nos hemos desarrollado por encima de la media de Bolivia, pero, además y sobre todo, para generar un proyecto que, tomando las ideas que han hecho que nuestro departamento se desarrolle, logre seducir al resto del país.
Son ideas universales, como el libre mercado, la descentralización y el cosmopolitismo. Y, a todo esto, ¿por qué son importantes las narrativas? Uno piensa que la política solo se trata de cifras, programas de gobierno y datos. Pero lo que realmente mueve los hilos son las historias y los discursos que movilizan a la gente y tienen un gran componente emocional.
Esto le dio resultados muy visibles al masismo, que logró mantener la hegemonía del poder durante 20 años, instalando un discurso indigenista y de izquierda que caló hondo en los sectores populares e indígenas. Utilizó, como suele hacerlo la izquierda, la división entre ricos y pobres, indios y blancos, y la división más nefasta —en mi opinión—: la de Oriente contra Occidente.
El masismo y la izquierda convirtieron a Santa Cruz en su enemigo interno número uno porque aquí encuentran todo lo que ellos detestan: modernidad, institucionalidad, un sector empresarial sólido y libertad.
Al parecer, la izquierda quiere seguir con la maniquea confrontación entre Oriente y Occidente y, lamentablemente, le da resultados. Nosotros saltamos indignados —y con justa razón— y nos enfurecemos ante tales provocaciones. Pero eso es exactamente lo que buscan: les da resultados y consiguen confrontarnos con el resto del país. Saben muy bien cómo hacer para que caigamos en su juego.
Pero, en el fondo, su mayor temor es este: el desplazamiento del poder político hacia esta región. Y es inevitable. Tenemos que darnos cuenta de que ya no basta solo con gritar y quejarnos constantemente del centralismo, como lo hemos estado haciendo la mayoría de las veces.
Santa Cruz tiene que cumplir, de una vez por todas, el rol histórico que le corresponde: liderar este país. Si analizamos la historia, veremos que, cuando decayó la economía de la plata a finales del siglo XIX, La Paz tomó el poder político durante la llamada Guerra Federal, trasladando hacia allí el poder político y, por ende, la sede de gobierno. Ahora, ante el declive de esta metrópoli, nos corresponde a nosotros tomar el mando de los destinos del país.
Y esta idea no solo viene de intelectuales cruceños —recomiendo el libro La resistencia a la conquista, de Marcelo Áñez—; muchas personas en el otro lado del país también comienzan a darse cuenta de ello.
Tenemos que generar una narrativa que englobe a toda Bolivia, desechar el escudo identitario que funciona bien para fortalecernos internamente, pero que nos limita a la hora de conquistar el país. Un claro ejemplo fue la candidatura de Luis Fernando Camacho, cuya derrota se debió, en parte, a que se enfocó en una campaña regional y nos indujo a pensar que ningún cruceño podría llegar a la silla presidencial.
Sin embargo, en un pasado no tan lejano, cuatro candidatos cruceños fueron los más votados en una contienda electoral. Basta con revisar los resultados electorales de 1997. Todo se trata de relato: de construir un proyecto que englobe a lo nacional y no únicamente a lo local.
Solo cuando tengamos en cuenta que los relatos y las narrativas son una de las principales herramientas para disputar el sentido común, podremos contrarrestar el discurso de una izquierda que quiere seguir promoviendo una polarización que tanto daño le hace al país y que no nos lleva a ninguna parte.
Corresponde a Santa Cruz construir la Bolivia del siglo XXI. La izquierda paceña lo sabe, además de los sectores de izquierda locales que le dan cabida, y probablemente intentarán evitarlo a toda costa.
Así que los números y la economía no bastan. Las historias, los relatos y las ideas son los que, al final, movilizan a las sociedades. Hay que poner manos a la obra.
¿Cómo creen que la clase política cruceña debería encarar esta tarea histórica? ¿Creen que estamos dispuestos a liderar el país o que nuestro papel debe limitarse únicamente al liderazgo regional?